El gol se volvió palabra: Cuentos del futbol lunar. Capítulo I / (II).

Foto: Héctor Briseño. (31/05/2015). Jóvenes disputan un partido de futbol en La Concepción, en bienes comunales de Cacahuatepec, zona rural de Acapulco.

Por: Héctor Briseño.
Capítulo I / (II).

Sus compañeros lo llamaban Loco.
Así, a secas, sin preámbulos ni miramientos. Sin nombre ni apellido.
Sin más amigos que una extraña mirada llena de melancolía y un cerebro propietario exclusivo de múltiples sueños y cánticos de ciudades lejanas que siempre albergaba en silencio.
Mientras sus compañeros de equipo planeaban el juego, solía esconderse en su mente, esperando tan solo el momento de entrar a la cancha y superar la mezcla de miedo y estrés que fluyen como versos ante el futuro incierto que depara salir a “jugar” bajo la portería, al defender la meta.
En los duelos lunares vestía un viejo suéter grisáceo corroído a través de los años debido al roce constante con la férrea superficie.
El futbol lunar, llamado así por disputarse sobre una extensión blanca de chocante gravitación, exigía amor por el piso y acostumbrarse un poco, o un mucho, al dolor y al suplicio que produce el cemento rodeado de una pared en forma de ovoide, en donde un rebote egoísta puede significar hasta un par de goles en contra.
Un gastado pantalón negro y un par de zapatos viejos eran su única defensa contra el blanco cemento, que al paso del tiempo, se había hecho su amigo, al igual que ella, la caprichosa pelota que viajaba ambiciosa de un lado a otro.
Por medio de gritos y exclamos indescifrables, asustaba adversarios y decía a compañeros dónde debían colocarse ante el ataque enemigo.
Alguna vez usó guantes, pero sólo hasta que el dedo meñique escapó de su sitio gracias a la zurda iracunda de un adversario que inmisericorde, propinó un leñazo a la débil esférica, que sin más remedio rompió en dos partes el hueso más pequeño de su mano derecha.
Aquella noche de abril, una de tantas en el calendario sideral, cuando su dedo roto firmó un pacto de honor con la bola, el clima era fresco y la superficie brillaba como todas las citas del futbol lunar: extraño deporte mezcla de soccer terráqueo y hockey americano, donde rebotes y bardas juegan y sufren igual que cinco tahúres por bando y un sexto elemento llamado por muchos portero.
La eliminación del torneo estaba cercana y sólo un milagro podía cambiar el destino.
Pero su nombre era Loco y lo que pasó aquella vez definió su existencia.

 

Fracaso.
No existe palabra mejor cuando el numeral dice cinco goles a dos en tu contra y faltan cuatro minutos de vida en el último cuarto del duelo.
La pizarra era adversa por tres tantos y el tiempo restante era escaso. La eliminación del torneo estaba cerca y la tristeza con ella, un pasaje directo al abismo y el recuerdo eterno de un viaje sin sabor ni recuerdos por cuatro campañas consecutivas sin obtener lo que muchos expertos llaman “clasificación”; si acaso 52 segundos jugados en el primer complemento de una final perdida por sus antiguos colores hacía ya cuatro años.

Hay goles que son frases.
Continuará…

 

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